Borines (1879), por Régulo

Borines1

El 4 de julio de 1879, EL COMERCIO publicaba un artículo de Régulo, en el cual se daba cuenta de la conversación mantenida con un anciano de Borines. Hablaron de sus tiempos de juventud, del texu milenario de frente a la iglesia -que aun hoy conservamos orgullosamente-… el documento ha cumplido ya 134 años y es un testimonio incalculable para conocer un poco más a nuestro pueblo. Ahí va:

Por fortuna mía, otra vez mi signo ha tenido por conveniente conducirme dando tumbos á estos lugares amenísimos, donde aún la naturaleza sigue ostentando sus galas con toda la agreste y severa magestad de los tiempos primitivos, sin que la gravitación universal se haya resentido en lo más mínimo por mi ausencia del sitio donde há tantos siglos me colocó la mano poderosa del Altísimo.  (…)

Cinco han muerto (y hoy doblan las campanas por uno) en lo que vá del año, en estos sitios tan sanos como amenos, y ninguno baja de ochenta y cuatro, al igual de las flores que gozan aquí de la vida entera que les concede el Creador, por no haber bellas cuyos caprichos les priven de su fugaz existencia á la mitad de la vida, del mismo modo que no suelen truncarla al hombre los vicios ó los pesares sin permitirle las más veces llegar a la vejez.

Ochenta y seis años cumplí el 14 de Febrero, me decía el otro día un aldeano que encontré con un saco de maíz al hombro camino del molino, y en mi vida estuve veinticuatro horas en la cama, si esceptuamos cierta vez que estuve cuatro días por haber caído de una castañal a dónde trepé en perseguimiento de una zorra. No se extrañe usted, me dijo, al notar cierto gesto en mi semblante; el caso es original sin duda alguna, pero puede usted tenerlo por cierto. Debo advertirle que la zorra iba perseguida por un perro, y claro está que en tal apuro no había de detenerse á mirar si estaban verdades. Para quien no estuvieron muy maduras que digamos fué para mí, pues aún cuando en aquel entonces tenía yo treinta y dos años, y me las apostaba á fuerzas con un buey, zorra y yo caímos rodando al suelo desde una altura de dos pértigas, por haberse roto una caña, magullándome un cadril, mientras el bicho echó monte arriba como alma que lleva el diablo, ó mejor dicho, como el diablo que un alma lleva.

Uno de los primeros anuncios en prensa del Agua de Borines. EL COMERCIO, 1879.

Por lo demás, me dijo, á instancias mías para que me contase algo de su vida, nada de particular me ocurrió en ella; aprendí mal á leer y escribir, cosas ambas que ya muchos años que olvidé y que ha muchos así mismo que no me hicieron falta para nada, si bien en mis mocedades me prestaron algún servicio; fui Guardia Español cuando los acontecimientos de Madrid el año 21 en el que tomé la absoluta, retirándome desde entonces á la casa donde nací y donde nacieron mis padres y abuelos, sin que enfermedad ni desgracia alguna hayan turbado desde entonces la tranquilidad de que disfruto al lado de mis hijos, nietos y viznietos, el último de los cuales es el verdadero retrato de mi María cuando tenía 16 años y era guapa como una xana, pues parece que la estoy viendo; aunque hoy está naturalmente desfigurada, pues cuenta la misma edad que yo con diferencia de dos meses, según me dijo el señor cura en el pórtico de la iglesia.

Y a propósito de iglesia, ¿podría usted decirme -le pregunté- ya que la suya no es corta, qué edad puede tener el tejo que está plantado junto á ella?

Ni lo sé yo, señor, ni lo sabía tampoco mi madre. En el cuévano de ese árbol nos escondíamos de muchachos cuando íbamos a la escuela, y eso mismo hacían mis padres y mis abuelos, pero tengo oído decir que contaba quinientos años, y bien puede ser así, puesto que ya estaba de ese modo cuando mi abuelo era niño.

Pues según parece está aún para vivir otros quinientos, del mismo modo que usted tiene trazas de llegar al siglo que viene.

No tanto, señor, no tanto; árbol y yo envejecemos por momentos, anualmente se le seca á él algunas ramas así como a mí me van faltando las fuerzas, tengo algún trabajo ya en llegar á casa con estos dos celemines á cuestas, y eso que vivo á la media legua ó sea un poco más abajo del puerto; y no es que me fatigue con la carga, pues tengo el pecho igual que en mis mocedades, pero las piernas se niegan ya a conducirme, y esto me indica que me voy poniendo viejo.

No lo crea usted, ochenta y seis años, no es edad aún para tener esas aprensiones.

La edad no es mucha que digamos, pues mi padre vivió ciento cuatro, y labraba la tierra á los noventa... (…)

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