Borines hace 100 años: La Casa del Pueblo de Sieres (1916)

Asturias  revista gráfica semanal Año II Número 70 - 1915 noviembre 28

¿Alguna vez os preguntásteis cómo sería Borines hace cien años? Normalmente tendemos a pensar que en un siglo ha llovido mucho y nada es como era antes, pero probablemente, si pudiéramos viajar en una máquina del tiempo, el Borines de aquellos tiempos nos resultaría bastante familiar. Apellidos y caras (que también se heredan) muy conocidos, edificios que aún hoy conocemos bien y, sobre todo, un intenso movimiento vecinal.

Hoy vamos a hablar de la Casa del Pueblo de Sieres. Como todos sabéis, el año pasado se reinauguró la Casa Social de Sieres, en pie desde 1945. Pero, ¿alguien recuerda el germen de esa casa comunal? Se remonta a treinta años atrás, como bien nos cuenta el cronista de Asturias : revista gráfica semanal del 23 de abril de 1916. Como fue él quien lo vivió, dejemos que nos lo cuente él tal cual se publicó hace 96 años.

Obra hermosa.- En el pintoresco pueblo de Sieres, parroquia de Borines, tuvo lugar el domingo 5 del mes en curso la inauguración de una casa que aquel vecindario construyó con el fin de celebrar en ella sus juntas y otros actos de cultura, dándole el nombre de “Casa del Pueblo”, y a cuya inauguración he sido invitado por aquel entusiasta vecindario.

Si el adelanto y el progreso de los pueblos es digno de la admiración de toda persona culta; cuando aquel adelanto se realiza en el pueblo donde hemos nacido y en donde se deslizaron los felices días de la niñez, ¿cuál no será el entusiasmo que sentimos y el santo orgullo de que nos hallamos poseídos al presenciar actos tan hermosos como el celebrado el día 5 en Sieres? Esto último me pasó a mí; y aunque no me siento con fuerzas bastantes para ponderar acto tan hermoso, voy a reseñar, siquiera sea de modo muy imperfecto y a grandes rasgos el citado acto: pero antes, haré mención de cómo nació la idea. Hela aquí: Entre varios vecinos del citado Sieres surgió la idea de construir un edificio donde poder celebrar juntas de pueblo, y cuantos actos públicos fueren necesarios. Y dicho y hecho. Don José de la Llana, maestro de Instrucción Pública de Borines e hijo de Sieres, les regaló el solar para la casa. Don José María Martínez, comerciante y propietario establecido en Vallobal, se encargó de conseguirles el plano que hizo un Arquitecto; y además les regaló la pólvora que invirtieron en la saca de piedra. Don Arturo Beronda costeó la tabla del cielo raso; y los hermanos don Francisco, y don Rafael Fernández Diego, contribuyeron con 50 pesetas cada uno. Con estos valiosos elementos y con el postulado llevado a cabo ecindario, y niños que no cesaron de contribuir con su esfuerzo, en menos de tres meses han conseguido ponerle el techo a la casa, que mide 9 metros de frente; 6 de fondo y 3,75 de altura, emplazada en punto céntrico e higiénico. Y hecha la historia de su origen, pasemos a reseñar el solemne acto de su inauguración.

Serían las tres de la tarde del citado día, cuando llegamos a la casa que se iba a inaugurar don Carlos González, cura párroco de Borines; don Arturo Beronda, don Francisco y don Rafael Fernández Diego, y don Alejandro Escandón, acompañados de sus distinguidas señoras; doña Antonia Cuesta, ilustrada maestra de Borines, y el cronista, saliendo a recibirnos una comisión de vecinos; disparándose porción de palenques en nuestro honor. A las cuatro próximamente dio principio el solemne acto que tuve la honra de abrir con la lectura de unas cuartillas que terminé con vivas a Sieres, Borines y Piloña. Nueva salva de palenques y el himno Nacional tocado por la dulzona gaita premiaron mi modesta labor; y a continuación hablaron varios señores.

Como esta crónica va resultando larga, prometo para la próxima enviar copia de las cuartillas, que leí, a fin de acceder a los deseos de aquel vecindario que me puso en el trance de hacerlo, aunque bien a pesar mío; pero nobleza obliga.

Vaya mi caluroso aplauso para el culto y honrado pueblo de Sieres, el que debe mostrarse orgulloso de ser el primero de Piloña en tener casa propia. Así es como los pueblos se dignifican cultivando el espíritu con obras de esta naturaleza y asociándose en cuantos actos tengan relación con la vida moral y material de los mismos. Yo como hijo de Borines, me honro en dar a la publicidad hechos tan hermosos como el que motiva estas líneas.

Lin de Pepa. Antrialgo, 18.3.1916.

Tan solo corregir al cronista en una cosa: don José María Martínez era, en realidad -¡como no!- José María Martino, propietario de una casa de ultramarinos en Vallobal conocida por la elaboración de una sidra muy buena (la sidra cá Martino), de la que hablaremos otro día. Del resto de personas que aparecen en la crónica guardarán recuerdo los más viejos, y si no de ellos, sí de sus hijos. Son apellidos que se han quedado grabados en la memoria de todo Borines.

Don Carlos Rodríguez, el cura “Carlones”, cuya tumba está nada más entrar al cementerio, Alejandro Escandón, el de casa Escandón (frente al práo de la fiesta), y padre de la trouppe Escandón: Félix, Carmen, Delfina, Paz, Dolores, Alejandrina, Alejandro… También don José de la Llana, el maestro, y padre de su sucesor Ismael el cual, junto a su mujer Belén González y padre de una nena, Raquel de la Llana, probablemente se exiliaron tras la Guerra Civil. Y los de casa Beronda: Arturo, y su mujer Luisa Sánchez, y su hijo Vicente Beronda, que se casó con Angélica Pumarada… desafortunadamente no tenemos ninguna foto que podamos mostraros de todos ellos, pero aún así los reconoceréis sin lugar a dudas.


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