Borines en tiempos del catastro de Ensenada (1752)

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Es curioso que una de las principales fuentes para el estudio de la historia de España en el siglo XVIII fuera, en su tiempo, parte de un proyecto fallido. El catastro de Ensenada, ordenado bajo el reinado de Fernando VI a partir de 1749, tenía como objetivo un acercamiento a las circunstancias económicas del reino para, posteriormente, desarrollar una enorme reforma fiscal que jamás se llegó a hacer. Por medio de este catastro, de complejísimo desarrollo y enorme exhaustividad, se pretendía conocer con precisión las rentas existentes en el Estado español. Y, en efecto, hoy en día es una fuente imprescindible a revisar si queremos acercarnos a las formas de vida de esa España de mitad del siglo XVIII, aunque también una buena forma de conocer con mayor profundidad cómo era nuestro pueblo por aquel entonces. ¿Cómo se retrata Borines, entonces, en el catastro de Ensenada? Veámoslo.

El catastro de Ensenada en el concejo de Piloña.

Como era de suponer, la Piloña que aparece reflejada en el catastro es eminentemente rural, agrícola; con una densidad de población bastante baja (30-40 habitantes/km2). El documento fue firmado el 8 de mayo de 1752 por varios peritos (entre los cuales se citan nombres aparentemente tan relacionados con Borines como Juan de Viyao) dirigidos por don Juan Luis Blanco, elegido a este efecto delegado del Gobierno en Piloña.

¿Qué se comía en el Borines de 1752?

Comer, lo que es comer… a ciencia cierta no lo sabemos, pero sí, al menos, qué se cultivaba. Se plantaba escanda, maíz, lino, alcacer (cebada verde), fabas, hortalizas variadas y panizo (una especie de alpiste); se cultivaban manzanos, perales, avellanos, nogales, castaños, higueras, cerezales, guindales, pavías (pescales) y se recolectaba también de robles salvajes.

Para hacernos una idea de lo que costaba comer en aquella época, y en relación con los salarios que vamos a ver después, he aquí esta tabla de precios, por fanegas, de algunos de los productos más consumidos:

Escanda 22 reales Panizo Escaso, no se vende. Maíz 11 reales
Faba blanca 11 reales Faba manchada 20 reales Avellana 12,5 reales
Cereza 2,5 reales Guinda 3 reales Higo 2,5 reales
Nuez 6 reales Castaña 5 reales

Se cultivaba, sobre todo, maíz y escanda, por no ser el piloñés buen terreno para el cultivo de faba, que se solía echar a perder. Se dice literalmente de las fabas que su semilla se malogra quassi todos los años, y se esteriliza, por no ser éste terreno tan a propósito para ella como otros del Principado, donde se producen con abundancia.

En cuanto a la ganadería, el catastro nos dice que se criaban en Piloña yeguas, vacas, ovejas, cabras, cerdos y que había algunas colmenas de abejas también. Los animales más “mimados” eran, sin duda, las ovejas, por requerir cuidados más delicados, y no se les cortaba la lana hasta el año y medio de edad. Por su parte, las cerdas tenían anualmente tan sólo dos lechones.

También se pescaba. Generalmente, truchas. Sobre el río de Valle se habían pescado hasta dos años atrás anguilas, si bien en el momento de la elaboración del catastro ya no se hacía por problemas de entendimiento entre los dos armadores de cañales para este fin, Antonio de Argüelles y Antonio Suárez…

Las mejores tierras de Borines…

En cuanto a producción de maíz, que era la principal de entre todos los productos cultivados, poseían las mejores y más productivas tierras don Balthasar de Covián, que poseía un día de bueyes en la huerta junto a su casa y medio junto a la Casa de Rectoría; los hermanos Thomas y Francisco M(…) que poseían otro medio día de bueyes, Zipriano Sánchez, presbítero, y su hermano Joseph, con otros dos días de bueyes en las huertas junto a su casa y otros dos más, pertenecientes a Zipriano, en la huerta de la Quadra.

Las mujeres piloñesas

La mujer no disponía de su propio derecho y potestad salvo en el caso de ser viuda o soltera sin hombres en su familia directa que se hicieran cargo de ella (un padre, hermanos…) Así, el catastro nos dice exactamente el número de células vecinales existentes en Piloña: exactamente 1815 casas con padre de familia, 39 regidas por viudas y 30 por solteras. Una diferencia abrumadora. En total, en todo Piloña se calculaba residirían 2284 personas.

Aunque las mujeres no solían dedicarse a los mismos oficios que los hombres, en los casos en los que sí se coincidía la desigualdad salarial estaba a la orden del día. Así, tanto costureras como tejedoras cobraban al día medio real y comida (la comida se regulaba en otro medio real); sin embargo, los sastres recibian un jornal diario de dos reales y comida, y los dos tejedores hombres que había en Piloña, dos reales y medio al día.

Tabernas y ocio

En todo Piloña tan sólo existían ocho tabernas que vendieran vino: en San Juan, la Reboria, Beloncio, en la venta de los Llanos, Infiesto, Sotiello, Sebares y Villamayor. Pero eso no quiere decir que allá donde no hubiera taberna, como era el caso de Borines, no se consumiera bebida. Era muy frecuente la venta al por menor de sidra no sólo en tabernas, sino también en casas particulares. Así, en Borines se dedicaba a la venta de sidra una mujer llamada Josepha Marina.

¡Muchos molinos!

En concreto, en todo Piloña, había ciento diez. Siendo la principal producción la de maíz, no es difícil de comprender este fenómeno, como tampoco lo es imaginarnos que la dieta sería en base al recetario típico de harina de maíz: tortos, farrapes, boroña…

Atención a los molinos que se citaban en 1752 en Borines, porque habrá más de uno que nos suene bien. Nuestro pueblo contaba con quince:

  • El Molino Nuevo del Azeval, de Joseph Covián, sobre el arroyo de Riega Ventana.
  • Molino del Azebal, de Joseph Sánchez.
  • Molino de la Roza, de Francisco González, sobre el río de la Roza.
  • Molino de Prado, perteneciente al hospital de San Lázaro de Vallobal (la malatería) y arrendado por Joseph de la Huerta.
  • Molino de Rioseco, de Cathalina Ruiz Diaz, viuda de Alonso Sanpedro.
  • Molino del Santi, de Balthasar de Covián.
  • Molinos nuevos de Manuel y Bernardo Valdés, ambos de un molar.
  • Molino del Esprón, de Francisco de Diego, Juan de Sanpheliz y otros.
  • Molino del Estepazo, del conde de Nava (vecino de Oviedo).
  • Molino de las Barrosas, sobre el arroyo de su nombre, de Bernardo de Valdés.
  • Molino de las Barrosas de Arriba, sobre el mismo arroyo, de Manuel de Valdés.
  • Molino de Peñaedrada, sobre el arroyo de la Robeca, de Francisco Pérez.
  • Dos molinos sobre el arroyo de las Boras, de Francisco Pérez y otros, llamados Molino del Paraíso y Molino de la Coviella.

En cuanto a los molinos de mano, también había en abundancia. En Borines contaban con uno Francisco González, regidor, Manuel González, Joseph Sánchez, Francisco de Diego, Joseph de Granda, Balhasar de Covián, Rodrigo Sanpedro, Joseph Martino, Domingo de Mones, Juan Pérez, Francisco y Thomas de Miguel, Juan de Sanpheliz, Thoribio Martín, Juan del Valle, Francisco del Valle, Juan de Joglar, Juan del Valle (menor en días), Joseph Marina, Juan González, Andrés del Valle, y el cura de la parroquia de Borines, Pedro Antonio Estévanez.

Sidra y llagares

Había en Borines dos llagares de pesa, propiedad de Francisco González y Joseph Sánchez, que producían cada uno seis pipas de sidra; y cinco de cepo, propiedad de Francisco de Diego Muñío, Alonso Sanpedro, Joseph del Valle, Joseph de Granda, Tomás Pérez y Balthasar de Covián.

Texeras

No eran pocos los lugares donde se elaboraban tejas, siendo éste un oficio bastante habitual en algunas zonas de Asturias. Borines contaba con una, la texera de Omedines, en el barrio de Cadanes, cuya titularidad era de los vecinos, que podían hacer uso de ella cuando quisieran, cociendo de cada vez seis hornadas de teja. Había más texeras en el Sellón, Sebares, Priede, Beloncio, Miyares, San Román, Mones y Ques, casi todas de titularidad vecinal.

Sin tiendas de ninguna clase

Había pocos comercios en la Piloña del siglo XVIII, y ninguno en Borines. El catastro afirma, por ejemplo, que no existían panaderías, aunque sí panaderas que vendían los panes que hacían en sus casas particulares.

La malatería de Vallobal

¿Quién no la conoce, casi pegado como está Vallobal de Borines? La malatería tenía en el catastro catalogación de Hospital Real y estaba regida por Sebastián de Possada y Castillo, el cura de Ques, que proporcionaba cada año, para el mantenimiento de los cuatro malatos allí residentes, cinco fanegas de pan de escanda, otras cinco al recaudador de rentas de la malatería, y otras cinco al cura de Vallobal.

Médicos y curiosos oficios

Había sólo un maestro cirujano para todo Piloña: Manuel Díaz. Se le pagaba al año 260 reales y cuarenta fanegas de maíz. También se contaba con un barbero sangrador, Manuel Sánchez, y un barbero, Pedro de Escalar.

Llaman la atención la presencia de dos maestros plateros y tres maestros de maconas, dedicados en exclusividad a ello. Madreñeros había nada más ni nada menos que treinta y ocho. Y personas que se dedicaban a la conducción de avellanas desde Piloña hacia los puertos de mar.

Había sólo cuatro maestros de primeras letras, frente a treinta y cinco carpinteros. Ninguno de todos los empleos anteriores estaba presente en Borines, que sin embargo sí contaba con el único maestro de molinos harineros de todo Piloña: se llamaba Juan Fernández y trabajaba seis meses al año con un jornal diario de tres reales de vellón y comida, junto a su oficial Thomas del Calero, que cobraba dos reales y comida. ¿Qué harían el resto del año? Como prácticamente todos los que se dedicaban a un oficio, compaginaban el mismo con el trabajo en el campo. Es curioso el caso, por ejemplo, de la única pescadera (denominada aquí tablajera) de Piloña, Manuela Fernández, que, como durante la Cuaresma no trabajaba y no podía ganar su jornal, debía dedicarse en esos días a la labranza.

¡Cuánto hemos cambiado!… ¿verdad?


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